¿Disfrutamos realmente del sexo? Deseo, presión y expectativas en la sexualidad actual

La sexualidad actual está atravesada por deseo, expectativas, presión y experiencias personales. Comprenderlas permite vivir la intimidad con mayor libertad y bienestar.

SEXUALRELACIONES

Irene de Ana

10/8/20266 min read

No sé qué me pasa. Quiero a mi pareja, pero ya no me apetece tener relaciones.

Beatriz me dijo esto en su segunda sesión, con una mezcla de confusión y culpa que veo muy a menudo en consulta. Llevaba ocho años con su pareja, la relación iba bien, no había conflictos graves, y sin embargo sentía que algo en su sexualidad se había apagado. Lo que más le costaba no era la falta de deseo en sí. Era lo que ese "no me apetece" significaba para ella: "¿Esto quiere decir que ya no le quiero igual?"

Esa pregunta, o alguna parecida, es de las más frecuentes que escucho cuando hablamos de sexualidad. Y detrás de ella hay una idea que casi nadie cuestiona hasta que empieza a hacerle daño: que querer a alguien y desearlo sexualmente de forma constante y espontánea son, básicamente, la misma cosa. No lo son. Y entender esa diferencia es el primer paso para dejar de vivir la sexualidad desde la exigencia.

Medir el sexo en números nos deja preguntas equivocadas

Durante mucho tiempo hemos hablado de sexualidad usando indicadores muy concretos: cuántas veces a la semana, si hay orgasmo, si hay pareja estable. La Organización Mundial de la Salud propone una mirada bastante distinta: entiende la salud sexual como un estado de bienestar físico, emocional, mental y social, que incluye el respeto, la seguridad, y la ausencia de violencia y discriminación.

Esto cambia la pregunta que merece la pena hacerse. No tanto "¿cuánto sexo tienes?", sino "¿cómo te sientes cuando lo tienes?"

¿Puedes decir lo que te gusta y lo que no? ¿Puedes cambiar de opinión a mitad de camino? ¿Te sientes libre de decir que hoy no te apetece, sin que eso se convierta en un problema? Porque es perfectamente posible tener relaciones sexuales con bastante frecuencia y, aun así, sentirte completamente desconectada de tu propio deseo.

Eso era, exactamente, lo que le pasaba a Beatriz. No era que su sexualidad hubiera desaparecido. Era que llevaba mucho tiempo viviéndola bajo presión, sin darse cuenta.

Cuando el deseo se convierte en un examen

El deseo sexual no es una constante que deba mantenerse encendida todo el tiempo para que una relación "vaya bien". Puede apagarse, o simplemente bajar de intensidad, por razones que no tienen nada que ver con el amor: el estrés, el cansancio, cambios hormonales, ciertos medicamentos, la relación con el propio cuerpo, un conflicto de pareja sin resolver, ansiedad, el posparto, o simplemente la etapa vital que se está atravesando.

Hay algo más que suele sorprender en consulta: el deseo no siempre llega antes del contacto físico. En muchas personas, especialmente en mujeres, aparece después, como respuesta a la cercanía, al afecto, a empezar a conectar con el cuerpo. La investigadora Emily Nagoski lo explica muy bien en su trabajo sobre deseo sexual femenino: esperar a "sentir ganas" antes de acercarse a la pareja puede ser, para muchas personas, esperar algo que simplemente no va a llegar así, de forma espontánea. Por eso, cuando alguien me dice "no tengo deseo", casi nunca me quedo en el "por qué no quieres tener sexo". Prefiero preguntar: ¿qué está pasando en tu vida, en tu relación, en tu cuerpo, cuando intentas acercarte a la sexualidad?

Con Beatriz, la respuesta fue reveladora. No era que no desease a su pareja. Era que, sin darse cuenta, llevaba años acercándose al sexo con la cabeza llena de preguntas: ¿lo estaré haciendo bien?, ¿se dará cuenta de que no estoy del todo presente?, ¿cuánto falta para que termine? Vivimos rodeados de imágenes muy concretas sobre cómo "debería" ser una vida sexual satisfactoria: cuerpos determinados, espontaneidad constante, orgasmos garantizados. Y aunque sepamos racionalmente que gran parte de eso no es realista, acaba funcionando como un estándar silencioso que llevamos encima.

El problema es que cuando el sexo se convierte en algo que hay que aprobar, resulta muy difícil abandonarse a él. Difícilmente puedes conectar con el placer si una parte de ti está vigilando constantemente cómo lo estás haciendo.

"Lo hago porque no quiero que haya un problema"

Hay otra frase que escucho con bastante frecuencia, y que suele costar mucho pronunciar en voz alta: "A veces tengo relaciones aunque no me apetezca, porque tampoco quiero montar un conflicto".

Diego, otro paciente, me lo contaba de una forma muy parecida: "Lo hago porque sé que para ella es importante. Porque llevamos tiempo sin hacerlo. Porque no quiero que piense que ya no me atrae". Diego quería a su pareja, y precisamente por eso se desconectaba de sí mismo cada vez que el deseo no era mutuo. Confundía cuidar la relación con abandonarse a sí mismo.

Esto no significa que tengamos que sentir un deseo intenso antes de cada encuentro, ni que cualquier diferencia de ganas entre dos personas sea un problema. Es absolutamente normal que, dentro de una pareja, haya momentos en los que uno desea más que el otro. La diferencia está en cómo se gestiona esa diferencia. Puede resolverse con cercanía, negociación y comunicación. Lo que no debería aparecer nunca es la presión, el miedo o la sensación de obligación.

Y aquí hay un matiz importante que conecta con algo que ya hemos hablado en este blog sobre consentimiento: hay una zona muy amplia entre el "sí quiero" y el "no quiero" explícito, donde muchas personas acceden al sexo no porque lo deseen, sino porque no quieren decepcionar, discutir, o porque sienten que "ya que hemos empezado...". Si te interesa profundizar en esa zona gris y en cómo identificarla, lo desarrollamos en detalle en el artículo sobre la escalera del consentimiento. Aquí solo quiero dejar una idea clara: decir que sí sin obligación, decir que no sin miedo, y decir "ahora no" sin tener que justificarlo, es la base de una sexualidad verdaderamente libre.

Algunas personas, además, describen algo todavía más difícil de nombrar: estar presentes físicamente durante el sexo, pero sentirse emocionalmente muy lejos. El cuerpo participa, pero la persona se ha ido a otro lugar. En ocasiones esto está relacionado con experiencias sexuales difíciles o traumáticas, aunque no siempre es así. Lo que importa no es diagnosticarlo sobre la marcha, sino darle espacio para ser escuchado, en lugar de exigirse "estar presente" sin entender primero por qué no se está pudiendo estar.

Dejar de preguntarte si tienes "suficiente" sexo

La última Encuesta Nacional de Salud Sexual 2025 recoge un dato interesante: el 77,2% de la población dice estar satisfecha con su vida sexual actual, una cifra algo inferior al 85,8% que se registraba en 2009. Más allá del número en sí, lo que más me interesa de este dato es lo que no mide: la satisfacción sexual no depende únicamente de la frecuencia.

Dos parejas pueden tener relaciones sexuales con una frecuencia muy distinta y sentirse igual de satisfechas. Una pareja que tiene sexo una vez al mes puede sentirse profundamente conectada; otra que lo tiene varias veces por semana puede estar viviendo esos encuentros desde la presión y la desconexión. Por eso creo que merece la pena abandonar la pregunta de si tu sexualidad es "normal" en comparación con una media, y sustituirla por otra: ¿esta sexualidad se parece a la que tú quieres vivir?

Recuperar una sexualidad que tenga sentido para ti

Trabajar la sexualidad en terapia rara vez consiste en aprender técnicas nuevas. Casi siempre tiene más que ver con dejar de preguntarte qué "deberías" hacer, y empezar a preguntarte qué necesitas tú, de verdad.

A veces eso significa aprender a decir que no, sin que eso suponga una crisis. Otras veces significa aprender a pedir, algo que a muchas personas les cuesta muchísimo. Puede significar tener una conversación con tu pareja que llevas meses evitando, revisar ideas que aprendiste sobre lo que significa "ser una buena pareja" sexualmente, o, para algunas personas, empezar a mirar experiencias pasadas que siguen teniendo presencia en su forma de vivir la intimidad hoy.

No existe una única manera correcta de vivir la sexualidad. Cambia con las etapas de la vida, con las relaciones, con el cuerpo, con lo que hemos vivido. Por eso una sexualidad sana probablemente no sea la que acumula más orgasmos o más frecuencia, sino aquella en la que puedes estar presente, sentir, elegir, pedir, parar, explorar. Y sobre todo, sentir que tu cuerpo y tu deseo te siguen perteneciendo a ti.

Si algo de lo que has leído te resulta familiar, si notas que has perdido el deseo, que te cuesta disfrutar, que te resulta difícil poner límites, o que ciertas experiencias siguen influyendo en cómo vives la intimidad, no significa necesariamente que haya algo "mal" en ti. Puede ser, simplemente, una señal de que hay algo que merece ser escuchado con más calma. Y a veces pedir ayuda no consiste en aprender a tener más sexo, sino en volver a sentirte libre, segura y presente dentro de tu propia sexualidad.

Si te has sentido identificada con alguna de estas situaciones y crees que te vendría bien hablarlo, en Arquia podemos acompañarte. La entrevista introductoria es gratuita, y es el primer paso para ver si encajamos.

Referencias

  • Organización Mundial de la Salud (OMS). Definiciones de trabajo sobre salud sexual.

  • Ministerio de Sanidad. Encuesta Nacional de Salud Sexual 2025.

  • Nagoski, E. (2015). Come As You Are: The Surprising New Science That Will Transform Your Sex Life. Simon & Schuster.

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