Esto también es trauma: las heridas que nunca pensaste que contaban
“Pero bueno, tampoco fue para tanto. Hay gente que lo ha pasado mucho peor.” Si te has dicho esto alguna vez sobre algo de tu historia, este artículo es para ti
INDIVIDUALTRAUMA
Irene de Ana Redondo
10/26/20267 min read


“No fue para tanto.”
Es probablemente la frase que más escucho en consulta. Casi nunca llega al principio. Suele aparecer a mitad de sesión, justo después de que alguien me haya contado algo que le dolió, y llega con una sonrisa pequeña, como quien cierra un cajón deprisa antes de que se vea lo que hay dentro.
“Pero bueno, tampoco fue para tanto. Hay gente que lo ha pasado mucho peor.”
Si te has dicho esto alguna vez sobre algo de tu historia, este artículo es para ti. Recorreremos situaciones del día a día que nos pueden llegar a impactar más de lo que imaginamos y terminaremos con una pregunta que puede hacernos cambiar la mirada sobre nosotros/as mismos/as.
Cuando oímos la palabra “trauma”, casi todos pensamos en lo mismo: un accidente grave, una agresión, una catástrofe. Y sí, eso es trauma, pero es solo una parte del mapa.
En psicología se habla desde hace tiempo de que no todo lo que nos marca llega en forma de un único golpe enorme. Francine Shapiro, creadora del EMDR, distinguía entre los traumas “con T mayúscula” (acontecimientos extremos) y los “con t minúscula”: experiencias que, por sí solas, pueden parecer pequeñas, pero que se repiten, se acumulan y se viven sin el apoyo necesario.
Y aquí está la clave, la que más me importa que te lleves: lo que determina si algo deja huella no es lo grave que parezca desde fuera, sino cómo lo vivió tu sistema nervioso y si tuviste a alguien que te ayudara a darle sentido. Gabor Maté lo resume de una forma parecida: el trauma no es tanto lo que te pasó, sino lo que ocurre dentro de ti como consecuencia de lo que te pasó.
Ojo, esto no significa que todo lo difícil sea trauma ni que haya que ponerle esa etiqueta a cada mal momento. Ya hablamos en otro artículo de que a veces la pregunta útil no es “¿tengo un trauma?”, sino “¿qué aprendí de lo que viví y cómo sigue funcionando hoy ese aprendizaje?”. Este artículo va de lo contrario a la banalización: de ponerle nombre a lo que nunca lo tuvo.
Seis situaciones cotidianas que también dejan huella
No son escenas de película. Son cosas que pasan en muchas casas, en muchos colegios y en muchas oficinas. Quizá te reconozcas en alguna.
1. “Nunca di problemas”
Lucía fue una niña "fácil de llevar". Sacaba buenas notas, no se quejaba, no pedía nada. Los adultos decían: “Con esta no hay que preocuparse”. Lo que nadie vio es que, a los nueve años, ya había aprendido algo muy concreto: cuanto menos molestara, más segura estaba. Hoy es la persona a la que todo el mundo acude, la que se disculpa por ocupar espacio y la que se agota sosteniendo a los demás sin que nadie note que ella también necesita.
Cuando le pregunté qué le costaba más, tardó un rato en contestar: “Pedir. Siento que molesto”.
Lo que queda: la idea de que tus necesidades son una carga.
2. “Yo era el adulto”
Javier tenía once años cuando empezó a mediar entre sus padres. Sabía cuándo intervenir, qué decir para bajar la tensión y cómo distraer a su hermana pequeña para que no oyera la discusión. “Era muy responsable”, decían. De adulto, no sabe descansar sin sentir culpa y se encuentra una y otra vez en relaciones donde acaba cuidando, arreglando y sosteniendo a su pareja. Un día me dijo: “Es que si no estoy pendiente, siento que algo se rompe”. Lo decía con la misma urgencia y preocupación que un niño de once años.
Lo que queda: la sensación de que el bienestar de los demás depende de ti.
3. “Era una broma”
Nerea tenía un apodo en casa por su cuerpo. Todos se reían, ella también. “No seas sensible, es una broma”. Aprendió a reírse la primera para que doliera menos. Años después, en pareja, le cuesta mostrarse en la intimidad, evita ciertas luces, ciertas posturas, ciertas conversaciones. Y cuando algo le duele, se disculpa por haberse dolido. “Me da vergüenza decir que me afecta, porque siempre me dijeron que exageraba”.
Lo que queda: la creencia de que tu dolor no es legítimo.
4. “Nunca sabía con qué humor me iba a encontrar”
En casa de Pablo no había gritos ni golpes. Había algo más difícil de explicar: el ambiente cambiaba sin avisar. Un día había risas y al siguiente un silencio espeso. Aprendió a leer el sonido de las llaves en la puerta para saber cómo iba a ser la tarde. Hoy detecta un cambio de tono en su pareja antes que ella misma, y su cuerpo se tensa antes de que haya pasado nada. “Estoy siempre un poco en guardia, aunque todo vaya bien”. Su sistema nervioso sigue escuchando las llaves.
Lo que queda: una alerta de fondo que no se apaga ni siquiera en lugares seguros.
5. “Se fue y ya está”
Carmen perdió a alguien importante sin poder despedirse: una relación que terminó en silencio, sin explicaciones. Y la vida siguió, porque había trabajo, planes, personas esperando que estuviera bien. Aclaro algo, porque importa: no toda ruptura ni toda pérdida es un trauma. Pero cuando algo no se pudo sentir, nombrar ni acompañar, puede quedarse esperando en algún lugar. Carmen lo notaba en que, años después, cualquier despedida le provocaba un nudo desproporcionado.
Lo que queda: un duelo que nunca tuvo permiso para existir.
6. “Vivía en alerta”
Álvaro tenía un jefe imprevisible. Críticas delante de todos, mensajes en domingo, reproches que cambiaban según el día. Cada notificación del móvil le encogía el estómago. Dejó ese trabajo hace dos años. Y todavía hoy, cuando suena el teléfono, se sobresalta. “Ya no estoy allí, pero mi cuerpo no se ha enterado”. No hace falta que la infancia esté de por medio para que el cuerpo aprenda a vivir en estado de amenaza.
Lo que queda: un cuerpo que sigue preparado para un peligro que ya pasó.
Lo que todas estas historias tienen en común es, si te fijas, que ninguna fue un único golpe. Fue repetición. Y en todas hay algo más, nadie lo nombró. Nadie le dijo a Lucía que no tenía que ser tan fácil. Nadie le preguntó a Javier si él también necesitaba que alguien cuidara de él. Nadie le dijo a Nerea que le dolía con razón. Esto conecta con lo que la psicóloga Jonice Webb llama negligencia emocional: no tanto lo que pasó, sino lo que no pasó, esa pregunta que nadie hizo, ese “¿cómo estás de verdad?” que nunca llegó.
Y cuando nadie nombra lo que duele, el cerebro de un niño, o de un adulto, saca su propia conclusión. Casi nunca es “esto es injusto”. Suele ser “algo debe de ir mal en mí”.
Minimizar tiene mucho sentido. Fue, probablemente, la forma que encontraste de seguir adelante. Si no era para tanto, no había que sentirlo, y si no había que sentirlo, podías funcionar. También está la comparación: “hay gente que lo ha pasado peor”. Y es verdad, siempre la hay. Pero el dolor no funciona como un ranking en el que solo tienen derecho a sufrir los de arriba. Y está la lealtad: “mis padres hicieron lo que pudieron”. Probablemente sea cierto. Pero hicieron lo que pudieron y a ti te dolió pueden ser verdad a la vez. Reconocer que algo te dolió no es acusar a nadie. Es dejar de mentirte a ti.
La parte buena de todo esto es que se puede trabajar. Quiero que te quedes con esto, porque es lo que más veo en consulta: cuando una huella se nombra y se trabaja, cambia. No se trata de borrar lo ocurrido ni de buscar culpables. Se trata de que ese recuerdo, esa reacción o esa creencia dejen de dirigir tu vida.
Lucía fue aprendiendo a pedir ayuda sin sentir que molestaba. Javier descubrió que podía descansar y que no se rompía nada. Nerea aprendió a decir “eso me ha dolido” sin pedir perdón por ello. Pablo, poco a poco, empezó a oír las llaves en la puerta sin que el cuerpo se pusiera en guardia. Carmen pudo, por fin, despedirse, aunque fuera con una carta que nunca envió. Álvaro aprendió a dejar el móvil lejos del dormitorio sin que eso le supusiera una angustia.
Ninguno borró su historia. Todos dejaron de vivir dentro de ella.
Un pequeño ejercicio para empezar hoy
Antes de que cierres este artículo, te propongo algo sencillo. Coge un papel y escribe esta frase, dejándola abierta:
“No fue para tanto, pero…”
Y completa. Sin filtro, sin corregirte, sin decidir si es grande o pequeño. Solo lo que aparezca. Muchas veces ese “pero” es la parte más importante de la historia.
Y finalmente, como te prometí, te dejo la pregunta más importente. Si esto mismo le hubiera pasado a una persona a la que quieres mucho, a tu mejor amiga, a tu hermano, a un niño de nueve años, ¿le dirías que no fue para tanto?
Casi nadie dice que sí. Y entonces suele haber un silencio. Ahí, en ese silencio, empieza algo.
Tu historia no tiene que ser grave para merecer cuidado.
Si te has reconocido en alguna de estas situaciones y sientes que te gustaría hablarlo con calma, en Arquia podemos acompañarte. La entrevista introductoria es gratuita y es el primer paso hacia tu cuidado.
Los casos que aparecen son composiciones inspiradas en situaciones habituales en consulta; nombres y detalles han sido modificados para proteger la confidencialidad.
Referencias
Maté, G., & Maté, D. (2022). The Myth of Normal: Trauma, Illness, and Healing in a Toxic Culture. Avery.
Shapiro, F. (2001). Eye Movement Desensitization and Reprocessing (EMDR): Basic Principles, Protocols, and Procedures (2.ª ed.). Guilford Press.
van der Kolk, B. (2014). The Body Keeps the Score: Brain, Mind, and Body in the Healing of Trauma. Viking.
Webb, J. (2012). Running on Empty: Overcome Your Childhood Emotional Neglect. Morgan James Publishing.
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